martes, 10 de abril de 2007




En el semáforo de sur a norte de la calle novena con carrera 39, cinco niños se enfrentan al corto tiempo de la luz roja para representar su espectáculo y recoger las monedas que los conductores o pasajeros les brindan. Trabajan de a dos en cada semáforo. En las manos del más pequeño de la pareja se sujetan tres naranjas y el más grande tan sólo espera la hora indicada por el aparato de tránsito tricolor.

Pasa el amarillo y el verde; al llegar el rojo, el más grande se inclina para que su compañero se apoye en sus piernas para ponerse de pie sobre sus hombros. Se levanta con poca dificultad y logra llegar a la mitad de la cebra. Entre las rayas blancas, una torre humana se levanta y como bufones ante un rey, los niños empiezan a hacer su truco de las tres naranjas. Tira al aire la primera, la segunda, la tercera y las rota entre sus dos pequeñas manos.


Pronto el de arriba da la señal al terminar con las naranjas: una palabra: "¡Ya!" que pronuncia con voz baja. El niño que lo sostiene da la vuelta sujetando con más fuerza los talones de su compañero. Mientras tanto, el niño que se sostiene arriba baila el particular baile de "Pedro el Escamoso". El paso de la orejita es el escogido esta vez. Consiste en poner la mano derecha al lado de la oreja y mover la cabeza y la cadera al mismo lado, todo al mismo tiempo. Luego vuelven a los malabares.

Así se termina la función y la base de la torre se inclina de nuevo para que salten por encima de su cabeza.

sí se expresan los niños Wilson, Jonathan, Bladimir y William, respecto a su trabajo: "A veces perdemos el equilibrio con los malabares y no nos sale muy bien que digamos, pues estos manes (los niños más grandes) no nos cogen bien y hacen que nosotros -los que estamos arriba- nos caigamos o hagamos eso a medias".

Llega la hora de la retribución y se meten entre los carros para recogerla. Hay quienes dan y hay quienes no. Los primeros se limitan a las monedas de cien, doscientos o -si están de buen genio- de quinientos o mil pesos. Pero así como se las dan en la mano, también hay quienes se las tiran, y ellos con tristeza y sin pedir explicación, tienen que buscar con rapidez dónde está su moneda para tomarla. Aunque también hay otros que no se aguantan la humillación y le reclaman al conductor su mala educación.

"Los cuchos son muy groseros a veces, creen que porque nosotros somos pobres tienen derecho a tratarnos mal, a veces hasta nos insultan y nos dicen groserías o cuando están de mal genio, nos tiran el carro encima para que no hagamos nuestro trabajo" dice William, con algo de tristeza y rabia.

Cuando el hambre interrumpe la tarde, se comen su elemento de trabajo: una naranja. Luego tienen que descontar lo que obtienen para comprarle otra a la muchacha de los jugos por cien pesos o más. Mientras el amarillo y el verde rondan en la señal de transito, ellos aprovechan para saborear su fruta, practicar su número mientras charlan o jugar entre ellos.


Al final del día cuentan las monedas, y se las reparten entre sí. Esperan la ruta de bus que los llevará seguramente a algún barrio marginal en los extramuros de esta Cali acogedora y excluyente a la vez, y poder descansar para lograr ir al colegio al otro día y al salir, regresar a su peculiar trabajo. Es así como estos pequeños se rebuscan el dinero para ayudar a sus padres o lo que necesiten, y si les alcanza, para divertirse

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